La fierecilla domada
La fierecilla domada LORD:
Por mÃ, con mucho gusto. Por cierto, que he aquà un bravo del que me acuerdo muy bien. SÃ, recuerdo haberle visto hacer el papel del hijo mayor de un granjero. Aquella comedia en que tan admirablemente hacÃas la corte a cierta gran dama. Tu nombre le he olvidado, pero el papel, a fe que te iba de maravilla. Y que le representabas del modo más natural del mundo.
UN CÓMICO:
Me parece que vuestra señorÃa se refiere a Soto.
LORD:
En efecto. Y tú representabas el papel a la perfección. Pues bien, habéis llegado a pedir de boca. Tan a punto, que preparo un entretenimiento en el que vuestra habilidad podrá serme sumamente útil. Hay aquà cierto, señor que serÃa feliz viéndoos representar esta noche. Pero mucho me temo que no seáis capaz de guardar la compostura debida al ver su extraña traza. Porque trátase de un elevado personaje que no obstante, jamás ha presenciado una obra de teatro y, como digo, temo se os escape alguna broma que le ofenderÃa gravemente. Por consiguiente, os lo advierto mucho: por poco, amigos mÃos, que os viese reÃr, se pondrÃa furioso.
UN CÓMICO:
No temáis nada, excelencia. Sabremos contenernos, aunque fuese el más grotesco personaje del mundo.
LORD: