La fierecilla domada
La fierecilla domada Tú, pícaro, llévales al cuarto de servicio y que todos reciban la buena acogida que merecen. Que no carezcan de nada cuanto se les pueda ofrecer en mi casa. (Sale el criado seguido de los cómicos. El noble sigue, dirigiéndose a otro criado.) Y tú, bribón, ve a buscar a Bartolomé, mi paje, y dile que de pies a cabeza se vista como una dama. Y una vez hecho llévale al cuarto del borracho, llamándole siempre «señora» e inclinándote al hacerlo en señal de profundo respeto. En cuanto a él, dile que si quiere tenerme contento que imite la manera de conducirse de las señoras nobles cuando están en presencia de sus maridos. Que como tal se comporte con el borracho, y que hablándole con voz dulce y con rendida sumisión le diga, por ejemplo: «¿Qué tiene que ordenar hoy vuestra señoría que pueda permitir a vuestra obediente, esposa testimoniaros su celo y probaros su amor?» Y al punto, abrazándole cariñosamente y entre tiernos besos, y apoyando su cabeza en su pecho, que trate de llorar, diciéndole que tales lágrimas vienen de la alegría que siente viendo cómo su noble señor ha vuelto a sus sentidos tras haberse imaginado, durante siete largos años, que no era sino un pobre mendigo. Y, caso de que mi paje no tenga ese don, tan fácil a las mujeres, de verter a voluntad lágrimas a torrentes, podrá salir del paso mediante una cebolla cuidadosamente envuelta en su pañuelo que, cerca de los ojos, hará que están constantemente húmedos.