La fierecilla domada
La fierecilla domada He dicho: los dos sobre el mismo jamelgo.
GRUMIO:
Pues si lo sabes, sigue tú contando. ¿Ves?, de no haberme interrumpido hubieras sabido cómo el caballo ha caído, y ella debajo, pero precisamente encima del cenagal. Luego, la clase de cenagal que era; de qué modo se rebozó en el barro; cómo el amo la dejó, caballo y todo sobre ella; y cómo a mi me sacudió por haber tropezado el caballo del ama. Luego lo que ella chapoteó en el barro para venir a librarme de sus manos; de qué manera él juraba, ¡y cuánto ella le suplicaba! Ella, que jamás había suplicado antes. Y cómo yo chillaba de tal modo, que los caballos salieron escapados. Cómo la brida del ama se rompió. Cómo yo perdí mi grupera. Y muchas otras cosas más dignas de memoria, pero que morirán en el olvido, mientras tú, ignorante de lo que ha pasado, bajarás a la tumba.
CURTIS:
A juzgar por lo que dices, está él más rabioso que ella.
GRUMIO: