La fierecilla domada
La fierecilla domada Anciano padre, perdonad el error de mis ojos. Están de tal modo deslumbrados por este sol, que cuanto veo me parece envuelto en cegadora juventud. Mas ahora advierto, sí, que sois un venerable patriarca. Perdonad, pues, mi aturdida equivocación.
PETRUCHIO:
Sí, perdón, noble anciano. Y decidnos, ¿hacia dónde dirigís vuestros pasos? Si vais allí, donde nosotros, felices seremos con vuestra compañía.
VINCENTIO:
Buen caballero, y vos, encantadora señora, que por cierto mucho me habéis sorprendido con vuestra manera de abordarme (Se inclina saludando.) Mi nombre es Vincentio, mi patria, Pisa, y voy a Padua para reunirme con mi hijo, al que no he visto hace mucho tiempo.
PETRUCHIO:
¿Cómo se llama?
VINCENTIO:
Lucentio, noble señor.
PETRUCHIO: