La fierecilla domada
La fierecilla domada Despacio, señores. Si sois hidalgos, hacedme el favor de escucharme con paciencia, pues a ello tengo derecho. Bautista es un caballero a quien mi padre no es enteramente desconocido; en cuanto a su hija, de ser aun más hermosa de lo que es, nada la impediría tener más pretendientes de los que ya tiene, y a mí entre ellos. Mil enamorados tuvo la hija de la hermosa Leda; por consiguiente, bien puede Blanca tener uno más. Y le tendrá. Y éste será Lucentio, que espera ser el que triunfe, incluso si Paris mismo apareciese de repente.
GREMIO:
Pero, bueno, ¿es que este caballero va a cerramos a todos la boca?
LUCENTIO:
Pasadle la rienda, señor, y veréis qué poco avanza.
PETRUCHIO:
¿Para qué tantas palabras, Hortensio?
HORTENSIO:
Caballero, ¿me atrevería a preguntaros si habéis visto alguna vez a la hija de Bautista?
TRANIO:
No, señor mío; pero me han dicho que tiene dos: una tan conocida por su lengua disputadora como la otra por su modestia llena de gracia.
PETRUCHIO: