La fierecilla domada
La fierecilla domada ¡Alto ahÃ, caballero! La primera es para mÃ, no os ocupéis de ella.
GREMIO:
SÃ, dejemos este trabajo al poderoso Hércules, dejémosle que eclipse los doce trabajos de Alcides.
PETRUCHIO:
Caballero, dignaos comprender lo que sigue: la pequeña, a la que vos aspiráis, su padre la ha sustraÃdo a todos. No quiere prometerla a ninguno, sea quien fuere, antes de haber casado a la mayor. Sólo entonces la pequeña quedará libre, pero no antes.
TRANIO:
De ser asÃ, caballero, y de ser vos el hombre que ha de hacemos tal servicio a todos, a mà como a los demás; si sois el hombre que debe romper el hielo; a quien incumbe la hazaña de conquistar a la mayor, dándonos con ello acceso a la pequeña, el que al fin tenga la dicha de poseer ésta no será tan perverso como para mostrarse ingrato.
HORTENSIO:
Bien habláis y bien pensáis, caballero. Y pues confesáis ser también de los pretendientes, debéis, como nosotros, estar agradecido a este hidalgo, a quien nosotros estamos asimismo obligados.
TRANIO: