La tempestad

La tempestad

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CONTRAMAESTRE.— Cuando la tenga el mar. ¡Fuera de aquí! ¿Qué importa a estas olas rugientes el nombre de un rey? ¡A vuestros camarotes! ¡Silencio! No nos perturbéis.

GONZALO.— Bien; pero recuerda quién tienes a bordo.

CONTRAMAESTRE.— Nadie a quien estime más que a mí mismo. Consejero sois; si podéis imponer silencio a estos elementos y restablecer en el acto la calma, no tendremos que tocar ni un cable. Usad de vuestra autoridad. Si no, felicitaos de haber vivido tanto tiempo y marchad inmediatamente a vuestro camarote para prepararos a afrontar el infortunio de la hora, si llega. ¡Ánimo, hijos míos! ¡Fuera de nuestro puesto, digo! (Sale.)

GONZALO.— Tengo la mayor confianza en este compañero. No me parece que, por las trazas, haya de ahogarse. Su complexión es la de un perfecto ahorcado. ¡Vela, buena Fortuna, por su ahorcamiento! ¡Haz que sea nuestro cable la cuerda de su destino, pues el de nosotros no ofrece la menor ventaja! Si no ha nacido para ser ahorcado, nuestra situación es desastrosa. (Salen.)

Vuelve a entrar el CONTRAMAESTRE

CONTRAMAESTRE.— ¡Arriad la cofa de mesana! ¡Pronto! ¡Más abajo! ¡Más abajo! ¡Unid la vela con el palo mayor! (Gritos dentro.) ¡Mala peste a esos aulladores! Son más estrepitosos que el oleaje a nuestra maniobra.


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