La tempestad

La tempestad

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Entran de nuevo SEBASTIÁN, ANTONIO y GONZALO

¿Otra vez aún? ¿Qué hacéis aquí? ¿Queréis que lo abandonemos todo y nos ahoguemos? ¿Os gustaría ir al fondo?

SEBASTIÁN.— ¡Que la viruela os roa la garganta, rastreador, blasfemo, perro despiadado!

CONTRAMAESTRE.— Maniobrad vos, entonces.

ANTONIO.— ¡A la horca, mastín, a la horca! ¡Hijo de puta! ¡Insolente alborotador! ¡Tenemos menos miedo que tú a ahogarnos!

GONZALO.— No se ahogará él, os lo garantizo, aunque el buque fuera menos resistente que una cáscara de nuez o tan aguanoso como una muchacha lúbrica.

CONTRAMAESTRE.— ¡Que marche a bordadas, a bordadas! ¡Desplegad las dos velas! ¡Virad de lado!

Entran Marineros, mojados

MARINEROS.— ¡Todo está perdido! ¡A las plegarias! ¡A las plegarias! ¡Toda está perdido! (Salen.)

CONTRAMAESTRE.— ¡Cómo! ¿Habrán de helarse nuestras bocas?

GONZALO.— ¡El rey y el príncipe están orando! Asistámosles, pues nuestro caso es igual al suyo.

SEBASTIÁN.— Pierdo la paciencia.

ANTONIO.— ¡Perecemos, absolutamente por culpa de unos borrachos!… ¡Este miserable hablador!… ¡Que no estuvieras ahogado por el lavatorio de diez mareas!


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