La tempestad
La tempestad ESTEBAN.— Hubiera sido entonces un rey estupendo.
ALONSO.— (Señalando a CALIBÁN.) ¡Es el ser más extraño que he visto en mi vida!
PRÓSPERO.— Sus costumbres son tan monstruosas como su figura. Id a mi gruta, tuno, con vuestros compañeros. Si queréis obtener mi perdón, arregladla cuidadosamente.
CALIBÁN.— Sí, lo haré; y desde hoy en adelante seré más razonable y buscaré vuestra complacencia… —¡Qué séxtuple asno era, al tomar por un dios a este borracho e inclinarme ante este idiota lúgubre!
PRÓSPERO.— ¡Vamos, aprisa!
ALONSO.— ¡Fuera de aquí, y dejad esos pingajos donde los habéis hallado!
SEBASTIÁN.— O, más bien, robado. (Salen CALIBÁN, ESTEBAN y TRÍNCULO.)
PRÓSPERO.— Señor, invito a Vuestra Alteza y su séquito a mi humilde gruta, donde podréis descansar esta noche; y donde —una parte de ella— os haré tales relatos, que, a no dudar, transcurrirá con rapidez. Os contaré la historia de mi vida, los accidentes particulares sucedidos desde mi llegada a esta isla; y a la madrugada os conduciré a vuestro navío y luego a Nápoles, donde espero presenciar las bodas solemnes de nuestros caros enamorados. En seguida me retiraré a Milán, donde, de cada tres de mis pensamientos, uno se consagrará a mi tumba.