La tempestad

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ESCENA II

La isla.— Ante la gruta de Próspero

Entran PRÓSPERO y MIRANDA

MIRANDA.— Si con vuestro arte, padre queridísimo, habéis hecho rugir estas salvajes olas, aplacadlas. Dijérase que el cielo vertía pez infecta, si acaso el mar, elevándose hasta su mejilla, no lo salpicaba con su fuego. ¡Oh! ¡He sufrido con lo que veía sufrir! ¡Un arrogante buque, que encierra, a no dudar, algunas nobles criaturas, roto en mil pedazos! ¡Oh! ¡Sus gritos hallaban eco en mi corazón! ¡Pobres almas! Han perecido. Si hubiera dispuesto del poder de un Dios, habría absorbido la mar en la tierra antes que ese bravo navío se sumergiese con su cargamento de almas.

PRÓSPERO.— Sosegaos. Nada de asombro. Decid a vuestro piadoso corazón que ningún infortunio ha sucedido.

MIRANDA.— ¡Oh! ¡Día funesto!

PRÓSPERO.— Ninguna desgracia. Nada he llevado a cabo que no fuera en beneficio tuyo, que no hiciera por ti, ¡por ti, mi estimada, mi hija!…, que ignoras quién eres, que no me conoces ni te das cuenta de otra cosa sino que soy Próspero, el dueño de esta humilde gruta, más que tu padre.

MIRANDA.— Nunca he intentado saber más.


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