La tempestad
La tempestad PRÓSPERO.— Mi hermano, y tÃo tuyo. Antonio de nombre… Óyeme bien, te ruego… —¡que abrigue un hermano tanta perfidia!—; a él, a quien más amaba en el mundo después de ti, dejé confiada la dirección de mis Estados. En esta época, de todas las señorÃas, la mÃa era la más importante, y Próspero sobrepujaba a los otros duques. Mi rango era sin igual, y ninguno podÃa compararse conmigo en el conocimiento de las artes liberales, cuyo estudio me absorbÃa de modo que me desembaracé del peso del gobierno, abandonándolo a mi hermano, y vivà en mi nación como un extranjero, completamente dado y aplicado a las ciencias ocultas. Tu tÃo, desleal… ¿No me atiendes?
MIRANDA.— Con la mayor atención, señor.
PRÓSPERO.— Una vez enterado de la manera de satisfacer los solicitadores y de cómo se los rechaza; sabiendo a quién agradar y a quién reprimir, hizo nuevos vasallos de mis vasallos, quiero decir que los cambió, que los modeló a su antojo. Poseyendo a la vez la clave del oficio y del oficial[1], dio a todos los corazones el diapasón que deleitó a su oÃdo, a tal grado, que vino a ser como la hiedra que ocultaba mi tronco majestuoso y chupaba su savia en mi verdor… No me oyes.
MIRANDA.— ¡Oh, buen señor! Os escucho.