La tempestad
La tempestad PRÓSPERO.— SÃ, Miranda, y más todavÃa. Pero ¿cómo es posible que persista esto en tu memoria? ¿Qué ves aún en las tinieblas del pasado y en el abismo del tiempo? Si te acuerdas de alguna cosa antes de venir aquÃ, debes recordar cómo viniste.
MIRANDA.— Sin embargo, eso no lo recuerdo.
PRÓSPERO.— Hace doce años, Miranda, doce años desde entonces, tu padre era duque de Milán y prÃncipe de poderÃo.
MIRANDA.— Señor, ¿no sois vos mi padre?
PRÓSPERO.— Tu madre fue un modelo de virtud, y ella me dijo que eras mi hija. Y tu padre era duque de Milán y su única heredera una princesa…, sin otra progenie.
MIRANDA.— ¡Oh cielos! ¿Qué negra traición nos ha traÃdo aquÃ, o qué felicidad nos ha conducido?
PRÓSPERO.— ¡Ambas, ambas, hija mÃa! Por una negra traición, como dices, nos hallamos aquÃ; pero una felicidad nos condujo.
MIRANDA.— ¡Oh! ¡Sangre destila mi corazón al pensar en los sufrimientos que torno a evocaros, de los cuales no conservo memoria! Proseguid, si gustáis.