La tempestad
La tempestad PRÓSPERO.— Ya es hora de que te informe por extenso. Préstame tu mano y despójame de mi mágica vestidura… AsÃ. (Coloca en el suelo su manto.) ¡Quédate ahÃ, mi talismán!… Seca tus ojos; consuélate. El terrible espectáculo de este naufragio, que ha despertado en ti la virtud de la compasión, lo he preparado yo tan acertadamente, merced a los recursos de mi arte, que allà no queda alma…, ni nadie ha perdido el valor de un cabello, entre aquellos cuyos gritos has oÃdo y te han llenado de asombro. Siéntate; porque vas ahora a saber más de lo que sabes.
MIRANDA.— Frecuentemente habéis querido contarme lo que soy; pero os detenÃais y me dejabais en suspenso diciéndome: «Espera, todavÃa no».
PRÓSPERO.— Ha venido ahora el instante. Ha llegado el minuto en que es necesario abrir tus oÃdos. Obedece y está atenta. ¿Puedes recordar el tiempo en que aún no habitábamos en esta gruta? No creo que puedas, porque entonces no tenÃas más que tres años.
MIRANDA.— Puedo, ciertamente, señor.
PRÓSPERO.— Pero ¿cómo? ¿Evocando otra morada y personas? Cuéntame lo que pudo dejar alguna otra imagen a tus recuerdos.
MIRANDA.— Es muy lejano; y más bien un sueño que una certidumbre que mi memoria podrÃa garantizar. ¿No tenÃa yo un tiempo cuatro o cinco mujeres que cuidaban de mÃ?