La tempestad

La tempestad

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PRÓSPERO.— Bien preguntado, hija mía. Mi relato provoca esa interrogación. No se atrevieron, cara niña; tanto era el cariño que el pueblo me profesaba; no quisieron sellar con sangre el acontecimiento, sino que prefirieron pintar sus reprobables fines con los más sugestivos colores. En suma: nos transportaron a bordo de un barco, que nos internó algunas leguas en el mar, donde tenían dispuesto el casco de una nave, sin aparejos, roldanas, velas ni mástil, que hasta las ratas habían abandonado instintivamente. Allí nos introdujeron a la fuerza, para que uniéramos nuestros gritos a la mar que rugía en torno, y nuestros suspiros a los vientos, que, compadecidos, suspiraban a su vez, devolviéndonos los sollozos en ecos simpáticos.

MIRANDA.— ¡Ay! ¡Qué tormento debí de ser entonces para vos!

PRÓSPERO.— ¡Oh, tú fuiste el querubín que me salvó! Animada de una fortaleza celestial, sonreías, mientras yo hacía llover el mar con sabrosas lágrimas, gimiendo bajo el peso de mis males; sonrisa que engendraba en mí una resolución obstinada, que me ayudó a soportar lo que debía sobrevenir.

MIRANDA.— ¿Cómo ganamos la orilla?


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