La tempestad

La tempestad

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PRÓSPERO.— Gracias a la divina Providencia. Disponíamos de algunos víveres y un poco de agua dulce, que un noble napolitano, Gonzalo (al que incumbía la ejecución del proyecto), movido de caridad, nos dejó, juntamente con ricas vestiduras, ropa blanca, telas y otros objetos necesarios que después nos han sido de gran utilidad. Sabiendo lo que estimaba mis libros, llevó su generosidad hasta proveerme, sacados de mi propia biblioteca, de volúmenes a que yo concedía mayor valor que a mi ducado.

MIRANDA.— ¡Ojalá pueda un día conocer a ese hombre!

PRÓSPERO.— Voy a levantarme ahora[2]. (Recogiendo su manto.) Permanece aún sentada y escucha el fin de nuestras desdichas sobre el mar. Arribamos aquí a esta isla, y en ella he sido tu profesor; has sacado más provecho de mis lecciones que otras princesas, que derrochan el tiempo en horas frívolas y carecen de preceptores tan cuidadosos.

MIRANDA.— ¡El cielo os lo recompense! Y ahora, señor, decidme, os suplico (pues esto me preocupa aún), la razón de por qué habéis levantado esta tormenta marítima.


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