La tempestad

La tempestad

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PRÓSPERO.— Vas a saberlo con creces. Por la más extraña de las casualidades, la bienhechora Fortuna, de nuevo mi cara amiga, ha conducido a mis adversarios hacia estas playas, y, merced a mi presciencia, descubro que mi cenit se halla dominado por la estrella más propicia, cuya influencia debo utilizar con cuidado si no quiero ver abatida para siempre mi fortuna. Ahora no me preguntes más. Te vence el sueño; es buen reparador, y déjale paso… Veo que no puedes defenderte de él… (MIRANDA se queda dormida.) ¡Ven acá, servidor, ven! Estoy dispuesto ya. ¡Acércate, mi Ariel, llega!

Entra ARIEL

ARIEL.— ¡Salve por siempre, gran dueño! ¡Salve, grave señor! Vengo a ponerme a las órdenes de tu mejor deseo. Haya que hender los aires, nadar, sumergirse en el fuego, cabalgar sobre las rizadas nubes, a tu servicio estoy, dispón de Ariel y de todo su influjo.

PRÓSPERO.— ¿Has ejecutado puntualmente la tempestad que te encomendé, espíritu?




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