La tempestad

La tempestad

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ARIEL.— Punto por punto. He abordado el navío del rey. Ora en la proa, ora en el centro, sobre cubierta, en cada camarote, mis llamas han hecho maravillas. A veces me dividía y quemaba en muchos sitios; en la extremidad del mastelero, en las vergas, en el bauprés, arrojaba llamas diferentes, que luego se encontraban y reunían. Los relámpagos de Júpiter, precursores de los terribles estampidos del trueno, no se sucedían más momentáneos ni deslumbrantes. Los fuegos y estallidos de las detonaciones sulfúreas parecían sitiar al poderoso Neptuno y herir de espanto a las audaces olas. ¡Hasta su terrorífico tridente tembló!

PRÓSPERO.— ¡Mi valeroso genio! ¿Qué hombre fuera tan firme, tan animoso, que este tumulto no le hubiera trastornado la razón?

ARIEL.— No hubo alma que no sintiese la fiebre de la locura y no diera señales de desesperación. Todos, menos los marineros, sumergiéronse en la onda amarga y espumante, y abandonaron el buque, totalmente incendiado por mí. Fernando, el hijo del rey, con los cabellos erizados, más bien cañahejas que cabellos, fue el primero que saltó gritando: «¡El infierno está vacío y todos los demonios se hallan aquí!»

PRÓSPERO.— ¡Bien, muy bien, genio mío! Pero ¿no estaba próxima la orilla?

ARIEL.— Muy cercana, mi dueño.

PRÓSPERO.— Y dime, ¿se encuentran salvos, Ariel?


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