La tempestad

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ARIEL.— Ni un cabello han perdido, ni una mancha se descubre en sus flotantes vestidos, a no ser más lucientes que antes; y, siguiendo tus órdenes, los he dispersado en grupos por la isla. En cuanto al hijo del rey, yo mismo lo he desembarcado, al cual acabo de dejar refrescando el aire con sus suspiros, sentado en un oculto rincón de esta isla, con los brazos cruzados en esta triste actitud.

PRÓSPERO.— Dime qué has hecho del navío del rey y de los marineros y cómo has dispuesto del resto de la flota.

ARIEL.— El buque real se halla al abrigo en el puerto; en el profundo ancón donde una vez me evocaste a medianoche para que fuera a buscarte rocío de las Bermudas, continuamente huracanadas. Allí se encuentra oculto. Todos los marineros reposan tendidos bajo las escotillas, donde los he dejado que duerman con el influjo de hechizos, a los que ha venido a unirse la fatiga que han debido de soportar. Y por lo que resta de la flota por mí dispersada, ha vuelto a juntarse y boga sobre el Mediterráneo, haciendo vela rumbo a Nápoles, persuadidos de haber visto naufragar la nave del rey y perecer su sagrada persona.

PRÓSPERO.— Ariel, has cumplido exactamente tu misión. Pero tengo que confiarte más trabajo aún. ¿En qué momento del día estamos?

ARIEL.— Ha pasado la meridición.


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