La tempestad

La tempestad

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PRÓSPERO.— De dos ampolletas por lo menos. Debemos aprovechar el tiempo preciosísimo que nos queda hasta la hora sexta.

ARIEL.— ¿Hay más trabajo? Puesto que me das tarea, permíteme recordarte lo que me prometiste y aún no has cumplido.

PRÓSPERO.— ¡Cómo! ¿Malhumorado? ¿Qué es lo que puedes pedir?

ARIEL.— Mi libertad.

PRÓSPERO.— ¿Antes del término establecido? Ni una palabra más.

ARIEL.— Te ruego que te acuerdes de que te he prestado valiosos servicios; no te he mentido, no he cometido errores; me he atenido a tus órdenes sin queja ni murmuración. Me prometiste condonarme un año entero.

PRÓSPERO.— ¿Has olvidado de qué tortura te libré?

ARIEL.— No.

PRÓSPERO.— Sí, y te imaginas estar exento porque huellas el limo de las profundidades saladas, corres sobre el viento punzante del Norte y realizas mis negocios en las venas de la tierra cuando se halla endurecida con el hielo.

ARIEL.— No, señor.

PRÓSPERO.— ¡Mientes, maligno ser! ¿Has olvidado la horrible bruja Sycorax, cuya vejez y maldad la hacían combarse en dos? ¿La has olvidado?


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