La tempestad
La tempestad CALIBÃN.— (Dentro.) Hay bastante leña en la casa.
PRÓSPERO.— Te digo que vengas. Tengo otras ocupaciones que darte. ¡Avanza, tortuga! ¿Vendrás?
Vuelve a entrar ARIEL en figura de ninfa del mar
¡Sublime aparición! Mi gentil Ariel, déjame hablarte al oÃdo.
ARIEL.— Se cumplirá, señor. (Sale.)
PRÓSPERO.— ¡Tú, infecto esclavo, engendrado por el mismo demonio a tu maldita madre, avanza!
Entra CALIBÃN
CALIBÃN.— ¡Que el maligno rocÃo que barrÃa mi madre con una pluma de cuervo sobre el malsano aguazal os inunde a los dos! ¡Que un viento suroeste sople sobre vosotros y os cubra la piel de úlceras!
PRÓSPERO.— Ten la seguridad de que, por ello, esta noche padecerás calambres y dolores de costado que te cortarán la respiración. Los erizos, durante la parte de la noche que les sea permitido obrar, se cebarán todos en ti. Serás cribado de picaduras tan numerosas como las celdas de un panal de miel, y cada pinchazo será más doloroso que si proviniese de una abeja.