La tempestad
La tempestad PRÓSPERO.— Si tornas a murmurar, hendiré una encina y te ensartaré en sus nudosas entrañas, donde aullarás durante doce inviernos.
ARIEL.— Perdón, dueño. Cumpliré tus mandatos y ejerceré gentilmente mis funciones de espÃritu.
PRÓSPERO.— Obra asÃ, y dentro de dos dÃas te libertaré.
ARIEL.— ¡Qué noble es mi dueño! ¿Qué debo hacer? ¿Qué?, decidlo. ¿Qué debo hacer?
PRÓSPERO.— Ve a transformarte en ninfa del mar. No seas visible sino para ti y para mÃ; sé invisible para los demás. Anda, revÃstete de esa forma y vuelve en seguida. Márchate, sal con presteza. (Sale ARIEL.) ¡Despierta, querido corazón, despierta! ¡Arriba, ya has dormido lo suficiente! ¡Levántate!
MIRANDA.— (Alzándose.) La extrañeza de vuestro relato me ha causado apesaramiento.
PRÓSPERO.— DisÃpalo. Ven conmigo; visitaremos a Calibán mi esclavo, que nunca nos da una contestación amable.
MIRANDA.— Es un villano, señor, que no me agrada verle.
PRÓSPERO.— Pero, como quiera que sea, no podemos pasarnos sin él. Enciende nuestro fuego, sale a buscarnos leña y nos presta servicios útiles. —¡Hola! ¡Esclavo! ¡Calibán! ¡Terrón de barro! ¡Habla!