La tempestad
La tempestad PRÓSPERO.— Esta furia de ojos azules fue transportada a estos lugares con el niño de que estaba encinta, y abandonada aquà por los marineros. Tú, que hoy me sirves, la servÃas entonces de esclavo, como tú mismo me contaste; y como eras un espÃritu excesivamente delicado para ejecutar sus terrestres y abominables órdenes, te resististe a secundar sus operaciones mágicas. Entonces ella, con la ayuda de agentes más poderosos, y en su implacable cólera, te confinó en el hueco de un pino. Aprisionado en aquella corteza permaneciste lastimosamente una docena de años, en cuyo espacio de tiempo hubo de morir ella, dejándote allÃ, desde donde dabas al viento tus sollozos con la rapidez de una rueda de molino. En dicha época, esta isla —a excepción del hijo que habÃa dado a luz la bruja, un pequeño monstruo rojo y horrible— no era honrada con la presencia de un humano.
ARIEL.— SÃ; os referÃs a Calibán, su hijo.
PRÓSPERO.— De esa criatura atrasada es de quien hablo, de ese Calibán que conservo ahora a mi servicio. Sabes muy bien en qué tormento hube de hallarte. Tus gemidos hacÃan ladrar a los lobos y penetraban en el corazón de los siempre enfurecidos osos. Era un verdadero suplicio de condenado, que Sycorax no podÃa revocar. Éste fue mi arte, cuando llegué y te oÃ: que hice abrir el pino y te permità salir de él.
ARIEL.— Te doy las gracias, dueño.