La tempestad

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PRÓSPERO.— Basta, señor. Una palabra todavía. (Aparte.) Están en poder uno del otro; pero este precipitado asunto debe suscitar obstáculos, no sea que la facilidad de la conquista rebaje su valor. (A FERNANDO.) Una palabra aún. Te intimo a que me escuches. Usurpas aquí un nombre que no te pertenece y te has introducido en esta isla como un espía, para arrebatármela a mí, el dueño de ella.

FERNANDO.— No, tan cierto como soy hombre.

MIRANDA.— Nada malo puede residir en semejante templo. Si el espíritu del mal habitase tan bella morada, los buenos se esforzarían en vivir en ella.

PRÓSPERO.— (A FERNANDO.) Sígueme. (A MIRANDA.) No intercedas por él; es un traidor. (A FERNANDO.) Vamos. Voy a encadenarte el cuello con los pies; el agua del mar será tu bebida; tendrás por alimento moluscos del manantial dulce, raíces secas y las vainas en que se mecen las bellotas. Sígueme.

FERNANDO.— ¡No! ¡Resistiré a semejante tratamiento, hasta que mi enemigo sea el más fuerte! (Desenvaina, y al accionar queda encantado.)

MIRANDA.— ¡Oh, padre querido! No le sometáis a tan dura prueba, pues es gentil y no inspira recelo.


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