La tempestad

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FERNANDO.— Un simple mortal, como soy ahora, asombrado de oírte hablar de Nápoles. ¡El rey de Nápoles me oye! Por eso lloro. Yo mismo soy de Nápoles, yo, cuyos ojos —desde entonces en lágrimas— han visto naufragar al rey mi padre.

MIRANDA.— ¡Ay, qué desgracia!

FERNANDO.— Sí, en verdad, él y todos sus cortesanos. El duque de Milán y su noble hijo han desaparecido igualmente.

PRÓSPERO.— El duque de Milán y su no menos noble hija podrían contradecirte si fuera el momento oportuno. (Aparte.) A primera vista han cambiado ojeadas. —¡Delicado Ariel, te haré libre! (A FERNANDO.) Una palabra, querido señor. Temo que vos mismo os hayáis hecho algún agravio. Una palabra.

MIRANDA.— (Aparte.) ¿Por qué habla mi padre tan duramente? Es el tercer hombre que he visto y el primero por quien he suspirado. ¡Que la piedad mueva a mi padre por el lado a que se inclina mi corazón!

FERNANDO.— ¡Oh! Si sois virgen y vuestro amor no tiene dueño, os haré reina de Nápoles.


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