La tempestad

La tempestad

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PRÓSPERO.— No, hija mía; come, duerme y tiene los mismos sentidos que nosotros. El galán que miras es uno del naufragio, y si no estuviera algo desfigurado por el sufrimiento —ese cáncer de la hermosura—, podrías hallar en él una persona bizarra. Ha perdido sus compañeros, y vaga por encontrarlos.

MIRANDA.— Tentada estoy de tomarle por una cosa divina, porque nada en la Naturaleza he visto nunca tan noble.

PRÓSPERO.— (Aparte.) Esto marcha, a lo que veo, como deseaba mi corazón. —Espíritu, lindo espíritu, por este servicio te libertaré dentro de dos días.

FERNANDO.— ¡Seguramente ésta es la diosa a quien se dirigían aquellos cánticos! —Dignaos decirme, os ruego, si moráis en esta isla y si consentiríais en instruirme acerca de lo que aquí me aguarda. Pero mi primer deseo, aunque lo exprese en último lugar, es saber —¡oh maravilla!— si sois mortal o no.

MIRANDA.— Nada de maravilla, caballero, sino simplemente una doncella.

FERNANDO.— ¡Mi idioma! ¡Cielos! ¡Me consideraría el primero de los hombres que hablan esta lengua si me hallase en el país en que se habla!

PRÓSPERO.— ¡Cómo! ¿El primero? ¿Qué serías si el rey de Nápoles te escuchara?


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