La tempestad
La tempestad SEBASTIÃN.— SÃ, y sutil también, como con mucho acierto nos ha confesado.
ADRIÃN.— El aire sopla aquà oreándonos deliciosamente.
SEBASTIÃN.— Como si lo exhalaran pulmones podridos.
ANTONIO.— O como si lo perfumara un pantano.
GONZALO.— Aquà se halla todo cuanto es útil a la vida.
ANTONIO.— Cierto, salvo los medios de vivir.
SEBASTIÃN.— De esos hay pocos o ninguno.
GONZALO.— ¡Qué espesa y robusta parece la hierba! ¡Qué verde!
ANTONIO.— El terreno es, en verdad, tostado.
SEBASTIÃN.— Con un ligero tinte verdoso.
ANTONIO.— No se equivoca mucho.
SEBASTIÃN.— No, se contenta con alterar completamente la verdad.
GONZALO.— Es que nuestros vestidos, a pesar de haberse mojado por el agua del mar, no han perdido nada de su lozanÃa y lustre. Más bien parecen acabados de teñir que impregnados de agua salada.
ANTONIO.— Si uno solo de sus bolsillos pudiera hablar, ¿no le tacharÃa de embustero?
SEBASTIÃN.— SÃ, a no ser que se embolsara su mentira.