La tempestad

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GONZALO.— Nuestros vestidos me parecen ahora tan lozanos como cuando nos los pusimos por vez primera en África, en las bodas de Claribel[7], la bella hija del rey, con el monarca de Túnez.

SEBASTIÁN.— Que fue un feliz enlace y de regreso venturo.

ADRIÁN.— Jamás fue Túnez agraciado con una reina tan incomparable.

GONZALO.— Nunca, desde los tiempos de la viuda Dido.

ANTONIO.— ¡Viuda! ¡Mala peste con la imputación! ¿De dónde sacáis lo de viuda? ¡Dido viuda!

SEBASTIÁN.— ¿Cuándo ha dicho el poeta que Eneas fuese también viudo? ¡Gran Dios, cómo lo entendéis!

ADRIÁN.— ¿La viuda Dido decís? Me hacéis pensar. Ella era de Cartago, no de Túnez.

GONZALO.— Esa Túnez, señor, fue Cartago.

ADRIÁN.— ¿Cartago?

GONZALO.— Cartago, os lo aseguro.

ANTONIO.— He aquí una palabra más extraordinaria que el arpa milagrosa[8].

SEBASTIÁN.— Ha levantado murallas y también palacios.

ANTONIO.— ¿Qué asunto imposible va a acometer ahora?


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