La tempestad
La tempestad SEBASTIÁN.— Creo que acabará por llevarse esta isla en la faldriquera y entregársela a su hijo como una manzana.
ANTONIO.— Y sembrando sus pepitas en el mar, hacer que broten más islas.
GONZALO.— ¿Sí?
ANTONIO.— Vaya, y en buena hora.
GONZALO.— (A ALONSO.) Decíamos, señor, que nuestros vestidos parecían ahora tan galanos como cuando estuvimos en Túnez, en las bodas de vuestra hija, al presente reina.
ALONSO.— Y la reina más cumplida que allí se vio.
ANTONIO.— ¡Oh! ¡La viuda Dido! ¡Sí, la viuda Dido!
SEBASTIÁN.— Excepto, os lo suplico, la viuda Dido.
GONZALO.— Señor, ¿no está mi jubón tan nuevo como el primer día que me lo puse? Quiero decir, hasta cierto punto.
ANTONIO.— Ese punto ha sido bien pescado.
GONZALO.— ¿No lo llevé en el casamiento de vuestra hija?