La tempestad
La tempestad ALONSO.— Me abatís los oídos con palabras que me turban. ¡Ojalá no hubiera casado allí nunca a mi hija! A mi regreso he perdido a mi hijo, y, a lo que presumo, a ella también, demasiado lejos de Italia para que pueda volver a verla. ¡Oh, tú, mi heredero de Nápoles y de Milán!, ¿a qué extraño pez has servido de pasto?
FRANCISCO.— Señor, es posible que viva. He visto removerse las olas debajo de él y cómo cabalgaba sobre sus crestas. Avanzaba por encima del agua domando su furia y oponía su pecho a las hinchadas ondas que le cercaban. Su arrogante cabeza ejercía dominio sobre el irritado oleaje; y remando con nervudo brazo, hacía fuertes brazadas hacia la ribera, que, inclinada sobre su base azotada por el Océano, parecía descender para ir en su ayuda. No dudo que ha llegado vivo a la orilla.
ALONSO.— No, no, ha perecido.
SEBASTIÁN.— Señor, a vos mismo incumbe esta gran pérdida. No habéis querido conceder a Europa el honor de vuestra hija; preferisteis perderla, entregándosela a un africano; por donde ha venido a quedar privada de vuestros ojos, que ahora encuentran justos motivos para llorarla.
ALONSO.— Silencio, te suplico.