La tempestad
La tempestad SEBASTIÁN.— Nos hemos arrodillado ante vos e importunado todos con nuestras súplicas; y la misma bella alma, colocando en la balanza su aversión y su obediencia, no sabía a qué platillo inclinarse. Temo que hayamos perdido a vuestro hijo para siempre. Más viudas ha hecho a Milán y a Nápoles esta expedición que hombres devolvemos para consolarlas. Vuestra es sólo la culpa.
ALONSO.— Y yo quien experimento la más cruel pérdida.
GONZALO.— Monseñor Sebastián, las verdades que decís adolecen de falta de benevolencia y sobre todo de oportunidad. Enconáis la herida cuando debierais curarla.
SEBASTIÁN.— Muy bien.
ANTONIO.— Y quirúrgicamente expresado.
GONZALO.— Tiempo desagradable para todos nosotros, querido señor, cuando vuestro aspecto es sombrío.
SEBASTIÁN.— ¿Tiempo desagradable?
ANTONIO.— Sumamente desagradable.
GONZALO.— Si hubiera de colonizar esta isla, monseñor…
ANTONIO.— La sembraría de ortigas.
SEBASTIÁN.— O de zarzas o malvas.
GONZALO.— Si yo fuera rey, ¿sabéis lo que haría?
SEBASTIÁN.— Prohibiría la embriaguez, porque no hay vino.