La tempestad

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GONZALO.— En mi república dispondría todas las cosas al revés de como se estila. Porque no admitiría comercio alguno[9] ni de nombre de magistratura; no se conocerían las letras; nada de ricos, pobres y uso de servidumbre; nada de contratos, sucesiones, límites, áreas de tierra, cultivos, viñedos; no habría metal, trigo, vino ni aceite; no más ocupaciones; todos, absolutamente todos los hombres estarían ociosos; y las mujeres también, que serían castas y puras; nada de soberanía…

SEBASTIÁN.— Pero él sería el rey.

ANTONIO.— El fin de su república justifica su principio.

GONZALO.— Todas las producciones de la Naturaleza serían en común, sin sudor y sin esfuerzo. La traición, la felonía, la espada, la pica, el puñal, el mosquetero, o cualquier clase de súplicas, todo quedaría suprimido, porque la Naturaleza produciría por sí propia, con la mayor abundancia, lo necesario para mantener a mi inocente pueblo.

SEBASTIÁN.— ¿Nada de casamientos entre sus vasallos?

ANTONIO.— Ninguno, hombre. Sería una república de holgazanes, putas y bribones.

GONZALO.— Gobernaría con tal acierto, señor, que eclipsaría la Edad de Oro.

SEBASTIÁN.— ¡Dios guarde a Su Majestad!


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