La tempestad
La tempestad ANTONIO.— ¡Viva Gonzalo!
GONZALO.— Pero… ¿me oís, señor?
ALONSO.— No más, te ruego. Para mí es como si no dijeras nada.
GONZALO.— Creo a pie juntillas a Vuestra Alteza, y si hablé fue para aprovechar la ocasión de demostrar a estos caballeros, cuyos pulmones son de tan sensible disposición, que siempre ríen por nada.
ANTONIO.— Era de vos de quien nos reíamos.
GONZALO.— Que con ese tiroteo de locas chanzas no soy nada a vuestro lado. Podéis, por consiguiente, proseguir riendo por nada.
ANTONIO.— ¡Qué golpe nos propina!
SEBASTIÁN.— ¡Lástima que no haya dado en falso!
GONZALO.— Sois caballeros de fino temple. Sacaríais la Luna de su órbita, si permaneciera cinco semanas sin cambiar.
Entra ARIEL, invisible, oyéndose música solemne
SEBASTIÁN.— Efectivamente, y después iríamos a cazar murciélagos a la luz de las antorchas.
ANTONIO.— Vaya, mi buen señor, no os incomodéis.
GONZALO.— No, os lo aseguro. No voy a aventurar mi discreción tan tontamente. ¿Os place reíros viéndome dormir? Porque siento alguna pesadez de cabeza.
ANTONIO.— Dormid, pues, escuchándonos. (Duérmense todos, menos ALONSO, SEBASTIÁN y ANTONIO.)