La tempestad

La tempestad

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ALONSO.— ¡Cómo! ¡Qué pronto se han quedado dormidos! Desearía que, al cerrarse mis ojos, lo hicieran también mis pensamientos. A ello se sienten inclinados.

SEBASTIÁN.— Plázcaos, señor, no rehusar la somnolencia que se os ofrece. Rara vez se dispone a visitar al dolor, y cuando consiente, reconforta.

ANTONIO.— Nosotros dos, señor, guardaremos vuestra persona mientras descansáis, y velaremos por vuestra seguridad.

ALONSO.— Os lo agradezco. ¡Extraña pesadez!… (ALONSO duerme. Sale ARIEL.)

SEBASTIÁN.— ¡Qué singular letargo se apoderó de ellos!

ANTONIO.— Es efecto del clima.

SEBASTIÁN.— ¿Por qué, entonces, no cierra él nuestros párpados? Yo no me encuentro en disposición de dormir.

ANTONIO.— Ni yo; mis espíritus están ágiles. Se aletargan todos a la vez, como de común acuerdo. Se han caído como heridos por el rayo. ¡Qué ocasión, noble Sebastián!… ¡Oh, qué ocasión!… No más… Y, sin embargo, me parece leer en tu rostro lo que podríais ser… La ocasión te llama, y mi potente imaginación ve bajar una corona sobre tu cabeza.

SEBASTIÁN.— ¡Cómo! ¿Estás despierto?

ANTONIO.— ¿No me oyes hablar?


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