La tempestad
La tempestad SEBASTIÁN.— Sí, y a buen seguro que es el lenguaje de un durmiente y platicas en sueños. ¿Qué es lo que decías? Extraño modo de descansar el dormir con los ojos de par en par abiertos, estar en pie, hablar, moverse, y no obstante, sumido en tan profundo sueño.
ANTONIO.— Noble Sebastián, dejas dormir… o más bien morir tu suerte. Cierra los ojos, por más que estés despierto.
SEBASTIÁN.— Roncas con claridad. Podrían interpretarse tus ronquidos.
ANTONIO.— Estoy más formal que de costumbre, y vos también lo estaréis si me escucháis, lo que te hará tres veces grande.
SEBASTIÁN.— Bien; soy agua estancada.
ANTONIO.— Yo os enseñaré a desbordaros.
SEBASTIÁN.— Hazlo; mi pereza hereditaria me llevaría más bien a refluir hacia mi punto de origen.
ANTONIO.— ¡Oh! ¡Si supierais hasta qué extremo alentáis mi proyecto mientras os burláis así de él! ¡Cómo, cambiando la acepción de las palabras, las encontráis conformes a vuestra situación! Los hombres irresolutos suelen, en verdad, aproximarse muy frecuentemente al fin pretendido, merced a su propio temor o a su pereza.