La tempestad

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SEBASTIÁN.— Explícate, te ruego. La preocupación impresa en tus ojos y mejillas anuncia que tienes algo importante que decirme y cuyo desembuchamiento seguramente acongoja.

ANTONIO.— En efecto, señor. Aunque ese noble de memoria débil, y que será más débil cuando se halle bajo tierra, haya medio persuadido al rey (pues el espíritu de la persuasión es lo único que le queda) de que su hijo vive, es tan imposible que no esté ahogado como que nade ése que ahí duerme.

SEBASTIÁN.— No tengo la menor esperanza de que se haya salvado.

ANTONIO.— ¡Oh! Esa falta de esperanza, ¡cuánto debe acrecentar vuestras esperanzas! No tener esperanzas por ese lado es tenerlas por el otro tan altas, que la misma ambición no sabría concebirlas con la esperanza de que se realizasen. ¿Convenís conmigo en que Fernando se ahogó?

SEBASTIÁN.— Ha perecido.

ANTONIO.— Entonces, decidme, ¿cuál es el heredero más inmediato de la corona de Nápoles?

SEBASTIÁN.— Claribel.


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