La tempestad
La tempestad ANTONIO.— Ella, la reina de Túnez, que reside diez leguas más allá de la vida del hombre; que para recibir noticias de Nápoles necesita, a no ser que se le ofrezca el Sol por mensajero (el hombre de la Luna sería demasiado tardo), el tiempo preciso para que un recién nacido pueda tener barba y rasurarse; ella, que, ¿quién si no?, ha sido causa de que nos hayamos sumergido todos, excepto algunos salvados, destinados a representar un acto cuyo prólogo ha finalizado ya y cuyo desenlace depende de lo que decidáis.
SEBASTIÁN.— ¿Qué galimatías es éste?… ¿Cómo decís?… Cierto que la hija de mi hermano es reina de Túnez; cierto, asimismo, que es la heredera del trono de Nápoles y que hay cierto espacio entre las dos regiones.
ANTONIO.— Un espacio del que cada codo parece exclamar: «¿Cómo nos mediría esa Claribel para tornar a Nápoles?» ¡Permanezca ella en Túnez, y despierte Sebastián!… ¡Digo! ¡Hubiérase apoderado ahora de ellos la muerte, y qué, no estarían peor que se encuentran! Alguno habría que gobernara Nápoles tan bien como el que duerme; señores capaces de parlotear tan amplia e inútilmente como ese Gonzalo. Yo mismo representaría el papel de una chova tan charlatana. ¡Oh! ¡Que no tuvierais mi pensamiento! ¡Cuánto ayudaría este sueño a vuestra elevación! ¿Me comprendéis?
SEBASTIÁN.— Me parece que sí.