La tempestad

La tempestad

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

ANTONIO.— Y, ¿cómo acoge vuestro deseo vuestra buena fortuna?

SEBASTIÁN.— Recuerdo que suplantasteis a vuestro hermano Próspero.

ANTONIO.— Cierto, y ved cuán bien me sientan mis vestidos. Mucho mejor que antes. Los servidores de mi hermano eran entonces mis camaradas; hoy son mis súbditos.

SEBASTIÁN.— Pero vuestra conciencia…

ANTONIO.— ¡Bah, señor! ¿Dónde yace ésa? Si fuese un sabañón, me obligaría a ponerme pantuflas; pero no siento en mi pecho esta deidad. ¡Veinte conciencias que se interpusieran entre Milán y yo se calcinarían y derretirían antes de dirigirme el menor reproche! He ahí tendido a vuestro hermano… No valdría más que la tierra sobre que descansa si fuera lo que parece ahora, que está dormido; a quien yo, con este dócil acero —¡con tres pulgadas de él!— puedo mandarle a dormir para siempre; mientras vos, imitándome, podéis sumir en silencio eterno a este antiguo moralista, a este señor Prudencio, que no censuraría nuestra conducta. Cuanto a los otros, se inclinarán a la tentación como gato que bebe leche. En cualquier asunto que emprendamos bastará decirles la hora para que hagan sonar el reloj.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker