La tempestad
La tempestad ESTEBAN.— Éste es algún monstruo de la isla, con cuatro piernas, que habrá cogido una fiebre, a lo que presumo. ¿Dónde diablos ha aprendido nuestro idioma? Aunque solo sea por eso, voy a darle algún auxilio. Si logro curarle, domesticarle y conducirle a Nápoles, será un presente digno del mayor emperador que haya andado sobre cuero de vaca.
CALIBÁN.— No me atormentes, te suplico. Llevaré más aprisa mi leña al hogar.
ESTEBAN.— Está ahora en el acceso, y no profiere sino desvaríos. Probará mi botella. Si es la primera vez que bebe vino, hay probabilidades de que le cure su ataque. Si consigo que se restablezca y le domestico, el sacrificio no habrá sido demasiado grande. Reembolsaré lo que haya gastado con él, y eso con creces.
CALIBÁN.— Todavía no me haces gran daño; pero pronto me lo harás; lo noto en tus temblores. Próspero obra ahora sobre ti.
ESTEBAN.— Venid acá; abrid la boca. He aquí lo que os va a desatar la lengua, gato. Abrid la boca. Esto sacudirá vuestra fiebre, os lo aseguro. Seriamente, no sabéis qué amigo soy yo. (Da de beber a CALIBÁN.) ¡Abrid aún las mandíbulas!
TRÍNCULO.— Dijera conocer esa voz. Debe de ser…; pero está ahogado, y éstos son demonios. ¡Oh! ¡Auxiliadme!