La tempestad

La tempestad

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¡Lúgubre tono para cantar en un entierro! Bien; aquí está el reconfortante. (Bebe.)

El capitán, el piloto, el contramaestre y yo,

el artillero y su auxiliar,

amábamos a Mall, a Bey, a Mariana y Margarita;

mas ninguno de nosotros se cuidó de Catalina

porque tenía una lengua con un dardo

que impulsaba a gritar al marino: «¡Anda y que te ahorquen!»

A ella no le gustaba ni el olor de la brea ni el de la pez;

en cambio un sastre podía rascarla donde sentía comezón

¡A la mar, pues, muchachos, y que ella vaya a ahorcarse!

Ésta es también una tonada triste; pero aquí está mi confortativo. (Vuelve a beber.)

CALIBÃN.— ¡No me atormentes! ¡Oh!

ESTEBAN.— ¿Qué pasa? ¿Hay aquí diablo? ¿Es para hacer burla de nosotros el disfrazaros de salvajes y de indios? ¡Ya! No he escapado del naufragio para que me espanten ahora vuestras cuatro piernas. Porque ya lo dice el refrán: jamás un hombre de cuatro patas me hará perder terreno. Y así se repetirá mientras Esteban respire por las narices.

CALIBÃN.— ¡El espíritu me atormenta! ¡Oh!


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