La tempestad
La tempestad En otra parte de la Isla
Entran CALIBÁN, con una botella, ESTEBAN y TRÍNCULO
ESTEBAN.— No me habléis más de eso… Cuando la barrica esté vacía, beberemos agua. ¡Hasta entonces, ni una gota! Conque, ¡proa al enemigo y al abordaje!… ¡Servidor monstruo, bebe a mi salud!
TRÍNCULO.— ¿Servidor monstruo? ¡El bufón de esta isla! Se dice que sólo hay cinco habitantes en esta isla. Somos tres de ellos. Si los otros dos tienen el cerebro como nosotros, vacila el Estado.
ESTEBAN.— Bebe, servidor monstruo, cuando yo te lo mande. Tus ojos están casi incrustados en tu cabeza.
TRÍNCULO.— ¿Dónde queríais que los tuviese? ¡Lindo monstruo, en verdad, si estuvieran en su cola![13]
ESTEBAN.— Mi hombre-monstruo ha ahogado su lengua en el jerez. Por mi parte, no podría el mar sumergirse. He nadado, antes de conseguir ganar la orilla, treinta y cinco leguas bordeándola, tan cierto como esta luz… Monstruo, serás mi lugarteniente, o mi portaestandarte.
TRÍNCULO.— Vuestro guardaestandarte, si os es lo mismo, pues no podría llevarlo sin apoyo.
ESTEBAN.— ¡No corramos, «monsieur» monstruo!
TRÍNCULO.— No iréis muy lejos, pues os acostaréis como canes, sin pronunciar palabra.
