La tempestad
La tempestad PRÓSPERO, en lo alto, invisible, domina la escena. Entran por distintos lados varias FIGURAS caprichosas, que traen preparado un banquete. Danzan en torno de la mesa con gentiles ademanes de salutación; e invitando al rey y a los demás personajes a comer, desaparecen
ALONSO.— ¿Qué armonía es esta? ¡Mis buenos amigos, escuchad!
GONZALO.— ¡Música maravillosamente dulce!
ALONSO.— ¡Cielos, otorgadnos poderosos guardianes! ¿Qué seres son éstos?
SEBASTIÁN.— ¡Muñecas dotadas de vida[16]! Ahora creeré que hay unicornios; que en Arabia existe un árbol único, trono del fénix, y que un fénix reina a estas horas en él.
ANTONIO.— Creeré lo uno y lo otro; y cuando haya alguna cosa increíble, venid a mi y juraré que es cierta. Jamás han mentido los viajeros, aunque los acusen los tontos que se quedan en casa.
GONZALO.— Si yo contase en Nápoles este espectáculo, ¿os imagináis que me creerían? ¿Si les dijera que he visto isleños (pues ciertamente son habitantes de la isla) que, a pesar de que tienen formas monstruosas, se observa, sin embargo, que sus modales son más finos, mucho más que la mayor parte de los hombres de nuestra generación?