La tempestad

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PRÓSPERO.— (Aparte.) Hablaste bien, honrado señor, pues algunos de los aquí presentes son peores que demonios.

ALONSO.— No he acabado de asombrarme de esas figuras, de esos gestos, de esos sonidos que (sin auxilio de la palabra) forman una especie de lenguaje mudo y expresivo.

PRÓSPERO.— (Aparte.) Reserva el elogio para el final.

FRANCISCO.— Han desaparecido de una manera extraña.

SEBASTIÁN.— No importa, toda vez que han dejado sus manjares tras sí. Y pues tenemos estómagos…, ¿os placería probar estas viandas?

ALONSO.— No, por mi parte.

GONZALO.— A fe, señor, que no tenéis por qué temblar. Cuando éramos niños, ¿quién hubiera creído en la existencia de montañeses con papadas como los toros, cuyos cuellos cuelgan como alforjas de carne? ¿O que se den hombres que tengan la cabeza en el pecho? Hoy no hay viajero, apostando cinco contra uno, que no garantice la cosa.

ALONSO.— Voy a sentarme y comer, aunque me cueste la vida. ¡Qué importa, una vez que ha pasado lo mejor!… —Hermano, monseñor duque, acercaos también y haced como nos. (Truenos y relámpago.)


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