La tempestad
La tempestad Ante la gruta de Próspero
Entran PRÓSPERO, FERNANDO y MIRANDA
PRÓSPERO.— Si os he castigado con demasiada severidad, el precio que recibÃs repara largamente vuestras fatigas; pues os entrego el hilo de mi propia existencia, es decir, aquello por lo cual vivo. Una vez más la deposito en tus manos. Todas las vejaciones que te he impuesto eran para probar tu amor, y has salido maravillosamente de la prueba. AquÃ, ante el cielo, ratifico mi precioso don. ¡Oh Fernando! No te rÃas de las alabanzas que le he dirigido, pues tú mismo hallarás que supera a todos los elogios y los deja muy atrás.
FERNANDO.— Lo creo, contra lo que pueda sostener un oráculo.
PRÓSPERO.— Recibe, pues, mi hija como un presente mÃo y como una adquisición que dignamente has conquistado. Pero si rompes su nudo virginal antes de que se celebren todas las ceremonias santas, según los sagrados ritos, en vez de que el cielo deje caer un dulce rocÃo para que florezca vuestra unión, el odio estéril, el desdén de áspera mirada y la discordia sembrarán el enlace de vuestro lecho de zarzas tan punzantes, que los dos acabaréis por detestarlo. Esperad, por consiguiente, que os ilumine la lámpara de Himeneo.
