La tempestad

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ACTO QUINTO

ESCENA ÚNICA

Ante la gruta de Próspero

Entran PRÓSPERO, con su vestido mágico, y ARIEL

PRÓSPERO.— Mi proyecto va tocando ahora a su fin. Mis encantos no pierden su poder; obedecen mis espíritus, y este período crítico de mi vida se cumple a tenor de mis deseos. ¿En qué hora estamos?

ARIEL.— En la sexta, hora en que, según me habéis dicho, señor, terminarían nuestros trabajos.

PRÓSPERO.— Así lo dije la vez primera que promoví la tempestad. Dime, genio mío, ¿cómo se hallan el rey y sus compañeros?

ARIEL.— Encerrados juntos, tal y como me lo hubisteis de ordenar, y en el mismo estado en que vos los dejasteis. Todos están presos, señor, en el bosquecillo de limoneros que resguarda vuestra gruta. No les es posible escaparse hasta que les otorguéis la libertad. El rey, su hermano y el vuestro están los tres entregados a la desesperación. Y los restantes, desolándose por su cuenta, sucumben de dolor y de pesar, particularmente el que vos llamáis «el buen viejo señor Gonzalo». Las lágrimas corren a lo largo de su barba como lluvia de invierno sobre los tallos de las cañas. Vuestros hechizos han obrado sobre ellos tan fuertemente, que si ahora los contemplarais os moverían a compasión.

PRÓSPERO.— ¿Lo crees así, espíritu?


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