La tragedia de Ricardo III
La tragedia de Ricardo III HASTINGS: A fe que no está ofendido aquà con nadie, pues, de lo contrario, su mirada lo delatarÃa.
Vuelven a entrar GLOUCESTER y BUCKINGHAM.
GLOUCESTER: Ruego a todos que me digáis: ¿qué merecen los que traman mi muerte, valiéndose de medios diabólicos de condenada hechicerÃa, y que se han apoderado de mi cuerpo con sus infernales maleficios?
HASTINGS: Milord, el tierno afecto que profeso a Vuestra Gracia me autoriza, más que a ningún otro de esta ilustre asamblea, a condenar a los culpables. ¡Quienesquiera que sean, digo, milord, que merecen la muerte!
GLOUCESTER: ¡Entonces, que vuestros ojos sean testigos del mal que se me ha hecho! ¡Ved cómo estoy embrujado! ¡Mirad mi brazo, seco como un retoño marchito por la escarcha! ¡Y ha sido la esposa de Eduardo, la monstruosa bruja, que en complicidad con esa abyecta puta Shore, ha usado de sus artes mágicas para señalarme asÃ!
HASTINGS: ¡Si han cometido tal acción, noble milord…!
GLOUCESTER: ¿S�… ¡Tú, protector de esa infame puta!, ¿vas a hablarme de si es…? ¡Eres un traidor! ¡Cortadle la cabeza! ¡Pronto, por San Pablo! ¡No comeré hasta haberla visto! ¡Lovel y Ratcliff, ved que se ejecute! ¡Los demás que me estimen, que se levanten y me sigan!