La tragedia de Ricardo III
La tragedia de Ricardo III Salen los del Consejo con GLOUCESTER y BUCKINGHAM.
HASTINGS: ¡Piedad, piedad para Inglaterra! ¡No para mí, que he sido demasiado torpe para no prever esto! Stanley soñó que un jabalí le arrebataba su yelmo, y yo me burlé de él, desdeñando huir. ¡Tres veces tropezó hoy con su caparazón mi caballo, y se encabritó al ver la Torre, como rehusando llevarme al matadero! ¡Oh! ¡Ahora necesito al sacerdote que me hablaba! ¡Ahora me arrepiento de haber dicho al Persevante, en aire de triunfo, que mis enemigos perecerían hoy de muerte sangrienta en Pomfret, y que yo mismo me hallaba seguro, en gracia y en favor! ¡Oh! ¡Margarita! ¡Margarita! ¡Ya está suspendida tu abrumadora maldición sobre la mísera cabeza del desgraciado Hastings!
RATCLIFF: ¡Vamos, vamos, despachad! El duque querrá comer. Haced una corta confesión; le urge ver vuestra cabeza.
HASTINGS: ¡Oh efímera gracia de los mortales, que nos tienta más que la gracia de Dios! ¡El que edifica su esperanza en el aire de tu bella sonrisa, vive como el ebrio marinero encaramado a un mástil, presto a cada sacudida a precipitarse en las fatales entrañas del abismo!
LOVEL: ¡Vamos, vamos, despachad! ¡Son inútiles las exclamaciones!