La tragedia de Ricardo III
La tragedia de Ricardo III El mismo lugar. Patio del castillo de Baynard[78].
Entran GLOUCESTER y BUCKINGHAM por diferentes lados.
GLOUCESTER: ¡Muy bien! ¡Muy bien! ¿Qué dicen los ciudadanos?
BUCKINGHAM: Pues, ¡por la Santa Madre de Dios!, están mudos. ¡No dicen una palabra!
GLOUCESTER: ¿Habéis tocado la bastardÃa de los hijos de Eduardo?
BUCKINGHAM: La toqué, asà como su matrimonio con lady Lucy[79] y sus esponsales por poderes en Francia; la insaciable avidez de sus deseos; y sus violencias con las mujeres de la City; su tiranÃa por cualquier bagatela: su propia bastardÃa, como nacido mientras vuestro padre estaba en Francia, y su escaso parecido con el duque[80]. A continuación, hablé de vuestras facciones, que daban completa idea de las de vuestro padre, no sólo por la forma, sino por la nobleza de alma. Hice valer todas vuestra victorias en Escocia, vuestra disciplina en la guerra, vuestra prudencia y sabidurÃa en la paz; vuestra bondad, virtud y humildad acrisoladas. En resumen: no he omitido ni descuidado nada de lo que podÃa ayudar a vuestros proyectos en mi discurso. Y cuando mi oratoria tocaba a su fin, excité a cuantos amaran bien a su patria a gritar: ¡Dios salve a Ricardo, legÃtimo rey de Inglaterra!