La tragedia de Ricardo III

La tragedia de Ricardo III

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GLOUCESTER: ¿Y lo hicieron así?

BUCKINGHAM: ¡No! ¡Vive Dios, no dijeron una palabra! Semejantes a mudas estatuas o a insensibles rocas, se miraban y palidecieron como muertos. Al ver esto, les reprendí, y pregunté al lord corregidor qué significaba ese obstinado silencio. Me contestó que el pueblo no tenía costumbre de ser interpelado por otro que no fuera el secretario del Corregimiento[81]. Entonces supliqué a este que repitiera mi discurso. Esto ha dicho el duque, esto ha resuelto el duque, murmuró, sin añadir por su parte una palabra. Cuando terminó, algunos compañeros de mi séquito, apostados al fondo de la sala, arrojaron sus gorros al aire, y una docena de ellos gritó: ¡Dios salve al rey Ricardo! Y aprovechándome de la ocasión de esa coyuntura, añadí: ¡Gracias, honrados ciudadanos y amigos! ¡Este aplauso general y alegres vivas son una prueba de vuestro acierto y de vuestro amor a Ricardo!, y dicho esto, me retiré.

GLOUCESTER: ¡Qué bloques sin habla! ¿No podían hablar? ¿No vendrán el lord corregidor y sus adjuntos?




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