La tragedia de Ricardo III

La tragedia de Ricardo III

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REINA ISABEL: ¡Ve, ve, infeliz; no envidio tu gloria! ¡No te deseo daño alguno que alimente mi rencor!

ANA: ¡No! ¿Por qué?… Cuando el que ahora es mi esposo vino a mí, en el momento en que yo acompañaba el cadáver de Enrique; cuando tintas aún sus manos con la sangre de aquel ángel que fue mi primer esposo, y del santo difunto que entonces acompañaba llorando… ¡Oh! Cuando, como digo, fijé la mirada en Ricardo, este fue mi juramento: ¡Maldito seas —exclamé— por haberme condenado tan joven a una vieja viudez! ¡Y que, cuando te cases, el dolor se asiente en tu lecho; y que tu mujer (si hay alguna tan loca) sea más miserable por tu vida que tú me has hecho desgraciada por la muerte de mi querido esposo! ¡Ved!… Antes que pudiera repetir esta maldición, en tan corto espacio de tiempo, mi corazón de mujer se dejaba cautivar estúpidamente por sus melifluas palabras y había hecho de mí el objeto de mi propia maldición, que desde este instante privó a mis ojos del reposo, pues jamás una hora en su lecho he gozado del dorado rocío del sueño sin que me hayan despertado continuamente sus horribles pesadillas. Además, me odia por mi padre Warwick, y quiere, sin duda, desembarazarse pronto de mí.

REINA ISABEL: ¡Pobre corazón, adiós! ¡Compadezco tus penas!

ANA: ¡No menos gime mi alma por vosotros!


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