La tragedia de Ricardo III

La tragedia de Ricardo III

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Otra habitación en Palacio.

Entra TYRRELL.

TYRRELL: ¡El acto sangriento y tiránico se ha cumplido! ¡La acción más infame, la matanza más horrible de que esta tierra jamás se ha hecho culpable! Digthon y Forrest, a quienes soborné para realizar esta escena de feroz carnicería, aunque malvados endurecidos, perros sanguinarios, llenos de ternura y dulce compasión, lloraban como criaturas al hacerme el triste relato de su muerte: ¡Oh —decía Digthon[101]—, así estaban reclinados los pobrecitos niños!… ¡Así, así —añadía Forrest— se enlazaban uno a otro con sus brazos inocentes de alabastro! ¡Sus labios parecían cuatro encarnadas rosas sobre el mismo tallo, que, en el estío de su esplendor se besaba la una a la otra! Un libro de oraciones reposaba sobre su almohada, que, en un instante —dijo Forrest—, casi me hizo cambiar de idea. Pero ¿qué diablo? Y aquí el villano se paró. Entonces, Digthon continuó así: ¡Hemos estrangulado la obra más perfecta y admirable de la Naturaleza que existió desde el principio de la Creación!… Y se alejaron ambos, con la conciencia abrumada de remordimientos, hasta el punto de no poder hablar. Y así he dejado a los dos, para traer la noticia al sanguinario rey. (Entra el REY RICARDO). Y aquí llega… ¡Salve, mi soberano señor!


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